Kyopo, 2010-2014

The Kyopos

 

Kyopos are Korean people and their descendants permanently residing outside of Korea. There is one Kyopo for every ten residents on the Korean Peninsula and they are mostly concentrated between China, Japan, and the United States.

 

The diversity that the term Kyopo denotes is broad and includes a recent history of migrations and adaptations, as well as the collective creation of customs and hybrids - and in certain cases even new generations returning to the peninsula.

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The first migrations from Korea date back to the second half of the 19th century, headed mainly towards China and Russia. A second wave of emigrants left for Japan during the Japanese colonial period (until 1945). Korean migration is heading in considerable numbers to America as a result of an immigration reform in the United States in 1965.

 

In the 1960s, Hoe Nyun Chiong became the first Korean immigrant to arrive in Venezuela. A graduate of the Hankuk University of Foreign Studies in Seoul specializing in the Spanish language, he arrived in Maracaibo knowing a bit of the language - an advantage that’s not shared by many Korean immigrants to Venezuela.

 

The photographic record of this exhibition by Suwon Lee is closely linked to this narrative cycle. This intimacy colors all the images in this series. As a Kyopo herself, her personal and cultural histories enable her to deftly detect contrasting scenes and cultural points of convergence that are expressed in the practice of daily rituals; in a hanging flag over a business shop, or in the positioning of objects in the living room of a house that serves as the scene for a family portrait, for example.

 

The arc of the community’s history coincides with the stages of the artist's life. Suwon's father arrived in Venezuela in 1975 - well after Hoe Nyun Chiong immigrated, but prior to the arrival of most of the Koreans who began to settle in Venezuela in the late 1970s.

 

Lee is among the first generation of Kyopos born in Venezuela. Between the 1980s and 1990s, the population of Korean residents in the country peaked. She grew up surrounded by a version of the community that was large and growing. She also witnessed the departure of her generation in the years directly preceding this exhibition. 

 

In Caracas, she noticed that hers was a small and poorly documented community that had been thinning out without being replenished. The peril of disappearance and oblivion generate a deeply human impulse; that of affirming existence and telling the stories. That’s the context in which this unique record in the history of the Kyopo community of Venezuela was born.

 

Lee’s photographs show this longing, which is negotiated between affirmation and the fear of forgetting. The portraits move naturally between public and private spaces. Accompanied by her mother, Lee visits Korean businesses, concentrated in the center of Caracas and the Cementerio market; the latter home to the so-called “Korean corridor”.

 

In each business and in each portrait, Lee finds a story that she remembers and tells as if it were, in all cases, about a family member or friend. She listens to those who share the hardships of living in Venezuela, the danger and violence, but also the motivations to stay there. There are those who came from Korea under false pretenses but decided to make Venezuela their home anyway. Also those who left Venezuela citing difficulties but returned seeing its opportunities anew. There are those who are bound by duty; children who assume responsibilities in times of adversity and parents who came to Venezuela, leaving what they know for a strange place with the sole purpose of giving their children a better life. The opportunity to capture each family’s portrait marks a moment in time and betrays its impermanence. It is precisely this concern for the ephemeral, beyond conjecture, that requires written history and records.

 

Lee's camera also enters private homes - always in December - understanding the circumstances that unite families that are often dispersed. Now it is the new generations who leave to live abroad, many of them with Korea as their destination. It is the contrast between documentary distance and the intimacy of belonging that creates such powerful images. The series consists of family portraits, photographs of community events and Korean businesses; negotiating between the naturalness of the family portrait and the seriousness of a historical record.

 

The artist successfully navigated this double lens of duty in this series. On many occasions the formality implied by an activity, such as the portrait or the development of a line of historical documentation, becomes simply the framework for more informal access to the subject; and in that way find a way to naturally document the community that has surrounded her since her birth in Venezuela more fully. In the end, it offers everything that an ambitious documentary project like this one could possibly hope for.

Michelle Benaim Steiner

Los Kyopos

Se denominan Kyopos a personas coreanas o sus descendientes residiendo permanentemente fuera de Corea. Hay un Kyopo por cada diez residentes en la península de Corea y están en su mayoría concentrados entre China, Japón y los Estados Unidos.

 

La diversidad que denota el término Kyopo es evidente e incluye una historia reciente de migraciones y adaptaciones, así como la creación colectiva de costumbres e híbridos – y en ciertos casos incluso la vuelta a la península de las nuevas generaciones.

 

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Las primeras migraciones de Corea datan de la segunda mitad del siglo XIX, dirigidas principalmente hacia China y Rusia. Una segunda ola de emigrantes salio hacia Japón durante el período colonial japonés (hasta 1945). La migración coreana se enrumba en números considerables hacia América como consecuencia de una reforma migratoria en los Estados Unidos en el año1965.

 

El primer coreano en llegar a Venezuela es Hoe Nyun Chiong en los años sesenta. Licenciado del Hankuk University of Foreign Studies en Seúl con especialización en lengua española, llega a Maracaibo sabiendo un poco del idioma – una ventaja del que pocos inmigrantes coreanos a Venezuela comparten.

 

El registro fotográfico de esta muestra,  realizado por Suwon Lee, está íntimamente ligado a ésta narrativa y a éste ciclo. Esa intimidad tiñe todas las imágenes de esta serie. Su experiencia personal como Kyopo y su propia historia cultural le permiten detectar escenas de contraste y puntos de convergencia culturales que se expresan en la práctica de rituales cotidianos; en una bandera guindada sobre un negocio, o en el posicionamiento de objetos en la sala de una casa que sirve de escena para un retrato familiar, por ejemplo.

 

El arco de la historia comunitaria coincide casualmente con las etapas de la vida de la artista. El padre de Suwon llega a Venezuela en el año 74 – después de la llegada del primer inmigrante coreano al país, pero antes de la llegada de la mayoría de los coreanos residenciados aquí, quienes se comenzaron a instalar hacia finales de los años setenta.

 

Lee está entre la primera generación de Kyopos nacidos en Venezuela. Entre los años ochenta y noventa el número de residentes coreanos en el país llega a su punto máximo, y ella crece dentro de esta versión de la comunidad, numerosa y creciente. También es testigo de la partida de su generación en los últimos años.

 

Notando en Caracas a una comunidad pequeña y poco documentada que adelgaza y que no se renueva, nace este registro único en la historia de la comunidad Kyopo de Venezuela. El peligro de la desaparición y el olvido generan un impulso profundamente humano; el de afirmar existencia y contar las historias.

 

Éstas fotografías evidencian este deseo, que se negocia entre la afirmación y el temor al olvido. Los retratos se pasean con naturalidad entre lo público y lo privado. Acompañada por su madre, Lee visita negocios coreanos, concentrados en el centro de Caracas y el mercado del Cementerio, este último sede del “pasillo coreano”.

 

Encuentra en cada negocio y en cada retrato una historia que recuerda y relata como si se tratase, en todos los casos, de un familiar o un amigo. Escucha quienes cuentan sobre las dificultades de vivir en Venezuela, la inseguridad y la violencia, pero también las motivaciones a quedarse aquí. Hay quienes llegaron de Corea bajo falsas premisas pero deciden hacer un hogar aquí de todas maneras. También quienes abandonan este país por sus dificultades pero regresaron por sus oportunidades. Hay aquellos que se amarran por el deber; hijos que asumen responsabilidades en momentos de adversidad y padres que llegaron al Venezuela sacrificando vivir en un lugar que conocen con el único propósito de dar una mejor vida a sus hijos. La oportunidad de tomar el retrato familiar es privilegiado en el tiempo y traiciona su impermanencia. Es precisamente esta preocupación por lo efímero, más allá del plano coyuntural, lo que exige registro e historia escrita.

 

La cámara de Lee entra también a casas particulares – siempre en diciembre – entendiendo las circunstancias que reúnen a familias muchas veces dispersas. Ahora son las nuevas generaciones quienes parten a hacer vida en el exterior, muchas de ellas con Corea como destino. Es el contraste entre la distancia documental y la intimidad de pertenencia que crea imágenes tan poderosas. La serie se compone de retratos familiares, fotografías de eventos comunitarios y de comercios coreanos; negociando entre la naturalidad del retrato familiar y la seriedad de un registro histórico.

 

Lee logra su cometido doble con gran éxito en esta serie. Y es que en estas fotografías se puede observar que en muchas ocasiones la formalidad que implica una actividad como el retrato o el desarrollo de una línea de documentación histórica pasa a ser simplemente el marco para un acceso más natural al sujeto, para abarcar de forma más orgánica a todo eso que la ha rodeado desde su nacimiento en Venezuela. Es sin lugar a dudas el resultado ideal de un proyecto de registro tan ambicioso como este.

Michelle Benaim Steiner

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